El marido de Mila, Lalo, era camionero. En esa época la mecánica de los camiones no es tan fiable como en la actualidad, había muchos accidentes y poca seguridad. La cuñada de Mila y ella, tenían familia, obligaciones y tenían miedo por sus maridos.

En ese momento estaban construyendo las naves del “poligonillo”. Entonces se les abrió una nueva posibilidad, la apertura de un bar en esa zona. Así pues, Mila, sus cuñados y su marido abrieron un bar, “Casa Lalo”. “En bromas, en bromas, por el miedo de los camiones… y ¡20 años de bar!”, comenta Mila. Los cuatro estuvieron unos años juntos, pero finalmente, fueron Mila y Lalo los que se quedaron con el bar.

El bar se encontraba en una zona de almacenes de fruta, naves de dos conocidos ebanistas, el “de los danones” y “el de la cerveza”. Muchas industria. Por ello, el bar siempre estaba lleno. Y no sólo por los trabajadores de la zona, sino también por personas de otros puntos de la ciudad, la mayoría hombres.

Gracias a Casa Lalo, Mila, madre de cuatro hijes, se pudo cambiar de piso, a uno más grande donde su familia estuviese más cómoda. Así, en los años 80 y gracias a la ayuda de encargado de la obra de unos pisos por la zona de Pan y Guindas que iba a menudo a comer a su bar, pudieron mudarse desde Cardenal Cisneros a esta zona. El encargado, Antonio, hizo un trato con ellos para que pudiesen comprar el piso: les llevaría a todos los trabajadores, principalmente gallegos, al bar a comer, a cenar y desayunar, para que pudiesen comprar el nuevo piso. Y así fue.

Mila estaba siempre en la cocina, “no salía de la cocina” dice. Y Mila cocinaba de todo: callos, chorizos a la sidra, riñones, asadurilla, chuletas, chuletones, lentejas, garbanzos, etc. A Mila le hacía gracia, se llenaba el bar para comer lo que había cocinado y le comentaban “¡si es que mi mujer en casa no hace las lentejas como tu!”.

Aún pasando todo el día en la cocina del bar, Mila sacaba tiempo los domingos para limpiar la casa y luego acercarse a casa de una vecina, Carmina, para que la peinase para toda la semana. Además, durante la semana, contaba con la ayuda de otra de sus vecinas, Jacinta, que le ayudaba a planchar, coser, lavar la ropa, etc. Porque Jacinta se había quedado viuda recientemente, con dos niñes pequeñes y necesitaba trabajar para poder pagar el piso y otros gastos. Si no, conciliar el trabajo en el bar con el trabajo doméstico le hubiese resultado imposible.